And sign the wire with love. That was it all right. I went in to lunch.
No dormí mucho aquella noche en el Expreso del Sur. Por la mañana desayuné en el coche comedor y contemplé el paisaje de rocas y pinos entre Ávila y el Escorial. Vi el Escorial desde la ventanilla, gris, largo y frío bajo el sol, y me importaba un bledo. Vi a Madrid surgir sobre la llanura, una silueta blanca y compacta en lo alto de un pequeño acantilado allá a lo lejos, a través de la tierra endurecida por el sol.
La estación del Norte de Madrid es el final de la línea. Todos los trenes terminan allí. No van a ninguna parte más. Afuera había coches de punto y taxis y una fila de comisionistas de hoteles. Parecía un pueblo de provincias. Tomé un taxi y subimos por los jardines, pasando junto al palacio vacío y la iglesia inacabada al borde del despeñadero, y seguimos subiendo hasta situarnos en la ciudad alta, calurosa y moderna. El taxi avanzó rodando por una calle llana hacia la Puerta del Sol, y luego, a través del tráfico, salió a la Carrera de San Jerónimo. Todas las tiendas tenían los toldos bajados contra el calor. Los balcones del lado soleado de la calle estaban con las persianas cerradas. El taxi se detuvo junto al bordillo. Vi el letrero de Hotel Montana en el segundo piso. El taxista subió las maletas y las dejó junto al ascensor. No pude hacer funcionar el ascensor, así que subí a pie. En el segundo piso había un letrero de latón recortado: Hotel Montana. Timbré y nadie abrió la puerta. Volví a timbrar y una criada con cara hosca abrió la puerta.
—¿Está aquí Lady Ashley? —pregunté.
Me miró con apatía.
“¿Hay aquí alguna inglesa?”
Se volvió y llamó a alguien dentro. Una mujer muy gorda se acercó a la puerta. Tenía el cabello gris y engominado con rigidez en ondas