Por la mañana bajé por el Boulevard hasta la Rue Soufflot a tomar café con cruasán. Hacía una mañana espléndida.
Los castaños de Indias de los jardines de Luxemburgo estaban en flor. Se respiraba esa agradable sensación matutina de día caluroso. Leí los periódicos con el café y luego me fumé un cigarrillo.
Las floristas subían del mercado y disponían su género del día. Los estudiantes pasaban rumbo a la facultad de derecho o bajaban hacia la Sorbona. El Boulevard bullía de tranvías y gente que iba a trabajar.
Me subí a un autobús S y bajé hasta la Madeleine, de pie en la plataforma trasera. Desde la Madeleine caminé por el Boulevard des Capucines hasta la Ópera y subí a mi oficina.
Pasé junto al hombre de las ranas saltarinas y el hombre de los juguetes de boxeadores. Me aparté para no tropezar con el hilo con el que su ayudante manejaba a los boxeadores. Estaba de pie mirando hacia otro lado, con el hilo entre las manos cruzadas. El hombre instaba a dos turistas a que compraran. Tres turistas más se habían detenido a mirar.
Caminé detrás de un hombre que empujaba un rodillo con el que iba estampando el nombre de Cinzano en la acera con letras húmedas. Por todas partes la gente iba a trabajar. Daba gusto ir a trabajar. Crucé la avenida y entré en mi oficina.
Arriba, en la oficina, leí los periódicos franceses de la mañana, fumé y luego me senté ante la máquina de escribir y saqué adelante una buena mañana de trabajo. A las once fui en taxi al Quai d'Orsay, entré y me senté con una docena de corresponsales mientras el portavoz del ministerio de Asuntos