No sé a qué hora me fui a la cama. Recuerdo haberme desnudado, haberme puesto una bata y haberme quedado de pie en el balcón. Sabía que estaba bastante borracho, y cuando entré encendí la luz de la cabecera de la cama y me puse a leer. Estaba leyendo un libro de Turguénev. Probablemente leí las mismas dos páginas varias veces. Era uno de los relatos de Relatos de un cazador. Lo había leído antes, pero me pareció totalmente nuevo. El campo se volvió muy nítido y la sensación de presión en la cabeza pareció aflojarse. Estaba muy borracho y no quería cerrar los ojos porque la habitación empezaba a dar vueltas y vueltas. Si seguía leyendo, esa sensación pasaría.
Oí subir las escaleras a Brett y a Robert Cohn. Cohn dio las buenas noches fuera de la puerta y siguió subiendo hacia su habitación.
Oí a Brett entrar en la habitación de al lado. Mike ya estaba en la cama. Había entrado conmigo una hora antes. Se despertó cuando ella entró y estuvieron hablando. Los oí reír.
Apagué la luz e intenté dormirme. Ya no hacía falta seguir leyendo. Podía cerrar los ojos sin que me viniera la sensación de vértigo. Pero no conseguía dormir.
No hay ninguna razón para que, por el hecho de estar a oscuras, veas las cosas de otro modo que a la luz del día. ¡Una mierda no la va a haber!
Eso lo averigüé todo una vez, y durante seis meses no volví a dormir con la luz eléctrica apagada. Esa fue otra brillante ocurrencia. A la mierda las mujeres, de todos modos. A la mierda tú, Brett Ashley.
Las mujeres eran unas amigas estupendas. Maravillosamente estupendas.