Llevaba la mochila a la espalda y metí las latas de lombrices en uno de los bolsillos exteriores con solapa.
“¿Ya tienes todo?”
Miré a mi alrededor, sobre la hierba al pie de los olmos.
“Sí.”
Emprendimos la marcha por el camino hacia el bosque. Fue una larga caminata de regreso a Burguete, y era de noche cuando bajamos a través de los campos hacia la carretera, y por la carretera entre las casas del pueblo, con sus ventanas iluminadas, hasta la posada.
Nos quedamos cinco días en Burguete y pescamos bien. Las noches eran frías y los días calurosos, y siempre soplaba brisa, aun en lo más intenso del calor del día. Hacía el calor suficiente como para que sentara bien vadear un arroyo frío, y el sol te secaba cuando salías y te sentabas en la orilla.
Encontramos un arroyo con una poza lo suficientemente profunda para nadar. Por las tardes jugábamos al brisca de tres manos con un inglés llamado Harris, que había venido a pie desde Saint Jean Pied de Port y paraba en la posada para pescar. Era muy agradable y nos acompañó dos veces al río Irati.
No había noticias de Robert Cohn ni de Brett y Mike.