“No hay ningún otro lugar”.
—Estás feliz, sí que lo estás.
“¡Feliz, un carajo!”
Pernod es una absenta verde e imitación. Cuando le añades agua se vuelve lechosa. Sabe a regaliz y te levanta bien el ánimo, pero te hace caer igual de hondo. Nos sentamos a beberlo, y la muchacha tenía un aspecto hosco.
«Bueno —dije—, ¿me vas a invitar a cenar? »
Sonrió con una amplia mueca y comprendí por qué se cuidaba mucho de no reírse. Con la boca cerrada era una muchacha bastante bonita.
Pagué los platitos y salimos a la calle. Paré un coche de caballos y el cochero se detuvo junto al bordillo.
Reclinados en el interior del fiacre, que avanzaba lenta y suavemente, subimos por la avenida de la Ópera, pasamos junto a los escaparates iluminados de las tiendas de puertas cerradas; la avenida, ancha, brillante y casi desierta. El coche pasó frente a la redacción del New York Herald, con el escaparate lleno de relojes.
—¿Para qué son tantos relojes? —preguntó ella.
“They show the hour all over America.”
«No bromees conmigo.»
Salimos de la avenida para tomar la calle de las Pirámides, cruzamos el tráfico de la calle de Rivoli y entramos por una puerta oscura en las Tullerías.