“Bill es una carcajada constante”, dijo Mike.
Estaba bebiendo vino tinto, y tan atrás de ellos que me sentía un poco incómodo con todo aquello de limpiar zapatos. Miré alrededor de la sala.
En la mesa de al lado estaba Pedro Romero. Se puso de pie cuando lo saludé con la cabeza y me pidió que fuera a conocer a un amigo. Su mesa estaba junto a la nuestra, casi tocándose.
Conocí al amigo, un crítico taurino de Madrid, un hombre pequeño de rostro demacrado. Le dije a Romero cuánto me gustaba su labor, y se alegró mucho. Hablamos en español y el crítico sabía un poco de francés. Alargué la mano hacia nuestra mesa para coger mi botella de vino, pero el crítico me tomó del brazo. Romero se rio.
“Bebe aquí”, dijo en inglés.
Tenía muchos remilgos con su inglés, pero en realidad estaba muy contento con él, y a medida que íbamos hablando sacaba a relucir palabras de las que no estaba seguro y me preguntaba por ellas. Tenía muchas ganas de saber el inglés para Corrida de toros, la traducción exacta. Desconfiaba de bullfight. Le expliqué que bullfight en español era la lidia de un toro. La palabra española corrida significa en inglés the running of bulls —la traducción francesa es Course de taureaux—. El crítico anotó eso. No hay ninguna palabra en español para bullfight.
Pedro Romero dijo que había aprendido un poco de inglés en Gibraltar. Había nacido en Ronda. Eso no está muy lejos de Gibraltar. Empezó a torear en Málaga, en la escuela taurina de allí. Solo llevaba en esto tres años. El crítico taurino bromeó con él sobre la cantidad de expresiones malagueñas que usaba. Tenía diecinueve años, dijo. Su hermano mayor lo acompañaba como banderillero, pero no se alojaba en este hotel. Vivía en un hotel más pequeño con la otra gente