“Eso creo. Aun así, algunos ganan dinero”.
“Oh, sí.”
Terminamos la comida y el vino.
«Vamos —dije—. Vamos a tomar café con los demás».
Georgette abrió el bolso, se dio unos cuantos retoques en la cara mientras se miraba en el espejito, se volvió a delinear los labios con la barra y se acomodó el sombrero.
—Bueno —dijo ella.
Entramos en la habitación llena de gente y Braddocks y los hombres de su mesa se levantaron.
—Deseo presentarles a mi prometida, la señorita Georgette Leblanc —dije. Georgette esbozó esa sonrisa maravillosa y nos dimos la mano todos.
—¿Es usted pariente de Georgette Leblanc, la cantante? —preguntó la señora Braddocks.
«Connais pas», contestó Georgette.
—Pero se llaman igual —insistió la señora Braddocks cordialmente.
—No —dijo Georgette—. Para nada. Me llamo Hobin.
—Pero el señor Barnes la presentó como Mademoiselle Georgette Leblanc. Seguro que sí —insistió la señora Braddocks, quien, en la emoción de hablar francés, corría el riesgo de no tener la menor idea de lo que estaba diciendo.
—Es un idiota —dijo Georgette.