—preguntó Mike. Todos nos reíamos. —La tuvo. Lo juro. En fin, mi sastre me escribió para que le devolviera las medallas. Mandó a un hombre. Siguió escribiendo durante meses. Parece que cierto tipo se las había dejado para limpiar. Un sujeto terriblemente militar. Les daba una importancia de mil demonios. Mike hizo una pausa. —Qué mala pata para el sastre —dijo.
—No lo dices en serio —dijo Bill—. Supongo que habría sido magnífico para el sastre.
—Sastre extraordinariamente bueno. Jamás lo dirías al verme ahora —dijo Mike—. Solía pagarle cien libras al año solo para que me dejara en paz. Para que no me mandara ninguna factura. Fue un golpe terrible para mí cuando quebré. Justo después de las medallas. Sus cartas adquirieron un tono bastante amargo.