recordó al conde, y empecé a preguntarme dónde estaría, y a lamentar no haberlo visto desde aquella noche en Montmartre, y sobre algo gracioso que Brett me contó de él, y como durante todo el tiempo estuve arrodillado con la frente apoyada en la madera frente a mí, y pensaba que estaba rezando, me dio un poco de vergüenza, y lamenté ser un católico tan pésimo, pero comprendí que no había nada que pudiera hacer al respecto, al menos durante un tiempo, y tal vez nunca, pero que de todos modos era una religión magnífica, y solo deseaba sentirme religioso y tal vez lo fuera la próxima vez;
y luego salí al sol ardiente en las escalinatas de la catedral, y los dedos índice y pulgar de mi mano derecha todavía estaban húmedos, y los sentí secarse al sol. La luz del sol era caliente y dura, y crucé junto a unos edificios, y regresé por calles secundarias hacia el hotel.
En la cena de esa noche descubrimos que Robert Cohn se había bañado, se había afeitado, cortado el pelo y lavado con champú, y después se había echado algo en el pelo para que no se le desmandara. Estaba nervioso, y yo no hice nada por ayudarlo.
El tren de San Sebastián debía llegar a las nueve y, si Brett y Mike venían, estarían en él. A las nueve menos veinte ni siquiera íbamos por la mitad de la cena. Robert Cohn se levantó de la mesa y dijo que iba a ir a la estación. Le dije que iba a ir con él, solo para fastidiarlo. Bill dijo que ni loco dejaba su cena. Le dije que volveríamos enseguida.
Caminamos hasta la estación. Estaba disfrutando del nerviosismo de Cohn. Esperaba que Brett estuviera en el tren. En la estación, el tren venía con retraso, y nos sentamos en un carretón de equipajes y esperamos afuera en la oscuridad. Nunca he visto a un hombre en la vida civil tan nervioso como Robert Cohn, ni tan ansioso. Lo estaba disfrutando. Era ruin disfrutarlo, pero yo me sentía ruin.