Aun en un día caluroso, San Sebastián tiene una cierta cualidad de madrugada.
Los árboles parecen como si sus hojas nunca llegaran a estar del todo secas. Las calles dan la impresión de haber sido regadas hacía poco. Siempre hace fresco y hay sombra en ciertas calles aun en los días más calurosos.
Fui a un hotel del pueblo donde ya me había alojado antes, y me dieron una habitación con un balcón que se abría por encima de los tejados del pueblo. Más allá de los tejados se veía una ladera de montaña verde.
Deshice las maletas y amontoné mis libros en la mesa junto a la cabecera de la cama, saqué mis cosas de afeitar, colgué algo de ropa en el gran armario e hice un atillo para la lavandería.
Luego me duché en el baño y bajé a almorzar. España no había adoptado el horario de verano, así que llegué temprano. Volví a poner en hora mi reloj. Había ganado una hora al venir a San Sebastián.
Al entrar en el comedor, el conserje me trajo un boletín de policía para rellenar. Lo firmé y le pedí dos impresos de telégrafo, y escribí un mensaje al Hotel Montoya diciéndoles que me reenviaran toda la correspondencia y los telegramas a esta dirección.
Calculé cuántos días estaría en San Sebastián y luego redacté un telegrama para la oficina pidiéndoles que retuvieran las cartas, pero que me reenviaran todos los telegramas a San Sebastián durante seis días.
Luego entré a almorzar.
Después de comer subí a mi habitación, leí un rato y me dormí. Cuando desperté eran las cuatro y media. Encontré mi bañador, lo envolví junto con un peine en una toalla, bajé y caminé calle arriba hacia la Concha.