Belmonte fue el primero. Marcial fue el segundo. Luego vino Romero. Los tres estaban de pie a la izquierda del caballo. El picador, con el sombrero bajado sobre los ojos, el asta de la vara apuntando oblicuamente hacia el toro, clavó las espuelas y las mantuvo apretadas y, con las riendas en la mano izquierda, hizo avanzar al caballo hacia el toro. El toro estaba mirando. Aparentemente miraba al caballo blanco, pero en realidad miraba la punta de acero triangular de la vara. Romero, observando, vio que el toro empezaba a girar la cabeza. No quería embestir. Romero sacudió el capote para que el color llamara la atención del toro. El toro embistió por reflejo, embistió, y no encontró el destello de color sino un caballo blanco, y un hombre inclinado largamente sobre el caballo hundió la punta de acero del largo asta de pacana en el bulto de músculo del hombro del toro, y tiró de su caballo hacia un lado mientras pivotaba sobre la vara, abriéndole una herida, hincando el hierro en el hombro del toro, haciéndole sangrar para Belmonte.
El toro no insistió bajo el hierro. Realmente no quería ir a por el caballo. Se giró y el grupo se desintegró y Romero se lo fue llevando con el capote. Se lo llevó con suavidad y soltura, y luego se detuvo y, plantado firmemente frente al toro, le ofreció el capote. Al toro se le levantó la cola y arrancó, y Romero movió los brazos por delante del toro, girando, con los pies firmes. El capote húmedo y pesado de barro se abrió y se llenó como se hincha una vela, y Romero pivoto con él justo por delante del toro. Al final del pase volvían a estar frente a frente. Romero sonrió. El toro quiso repetir, y el capote de Romero volvió a llenarse, esta vez por el otro