Spider Kelly no solo se acordaba de Cohn. A menudo se había preguntado qué habría sido de él.
Robert Cohn pertenecía, por parte de padre, a una de las familias judías más ricas de Nueva York y, por parte de madre, a una de las más antiguas. En la escuela militar donde se preparó para Princeton, y donde jugó muy bien de end en el equipo de fútbol americano, nadie le había hecho consciente de su raza. Nadie le había hecho sentir jamás que era judío y, por consiguiente, diferente a los demás, hasta que fue a Princeton.
Era un muchacho agradable, simpático y muy tímido, y eso lo amargó. Lo desquitó con el boxeo, y salió de Princeton con una dolorosa timidez y la nariz chata, y se casó con la primera chica que fue amable con él.
Estuvo casado cinco años, tuvo tres hijos, perdió la mayor parte de los cincuenta mil dólares que le había dejado su padre —el resto de la herencia había quedado en manos de su madre—, se endureció adoptando un molde bastante poco atractivo debido a la infelicidad doméstica con una esposa rica; y justo cuando se había decidido a dejar a su mujer, ella lo dejó y se fue con un miniaturista. Como llevaba meses pensando en abandonar a su esposa y no lo había hecho porque habría sido demasiado cruel privarla de su propia persona, su marcha supuso una conmoción muy saludable.
El divorcio se arregló y Robert Cohn se fue a la Costa. En California cayó entre gente literaria y, como aún le quedaba un poco de los cincuenta mil, al poco tiempo estaba financiando una revista de las Artes. La revista comenzó a publicarse en Carmel, California, y terminó en Provincetown, Massachusetts. Para entonces Cohn, a quien se había considerado puramente como un mecenas, y cuyo nombre había aparecido en la página editorial meramente como miembro del consejo asesor, se había convertido en el único editor.