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Historia

Debe alcanzar y mantener esa sublime visión en la que los hechos ceden su sentido secreto, y la poesía y los anales son iguales.

El instinto de la mente, el propósito de la naturaleza, se traiciona a sí mismo en el uso que hacemos de las narraciones memorables de la historia.

El tiempo disipa en éter brillante la angularidad sólida de los hechos. Ningún ancla, ningún cable, ninguna cerca sirven para mantener un hecho como hecho.

Babilonia, Troya, Tiro, Palestina y aun la Roma primitiva están pasando ya a la ficción. El jardín del Edén, el sol detenido en Gibeon, son poesía de ahí en adelante para todas las naciones.

¿A quién le importa cuál fue el hecho, cuando hemos hecho de él una constelación para colgar en el cielo como un signo inmortal? Londres, París y Nueva York han de seguir el mismo camino.

«¿Qué es la historia —dijo Napoleón—, sino una fábula en la que todos están de acuerdo?

Esta vida nuestra está revestida de Egipto, Grecia, Galia, Inglaterra, Guerra, Colonización, Iglesia, Corte y Comercio, como con tantas flores y adornos silvestres, graves y alegres. No haré más caso de ellos. Creo en la Eternidad. Puedo hallar Grecia, Asia, Italia, España y las Islas —el genio y principio creativo de cada una y de todas las épocas— en mi propia mente.

Siempre nos topamos con los hechos enfáticos de la historia en nuestra experiencia privada y los verificamos aquí. Toda historia se vuelve subjetiva; en otras palabras, propiamente no hay historia, solo biografía. Toda mente debe aprender por sí misma toda la lección, debe recorrer todo el terreno. Lo que no ve, lo que no vive, no lo conocerá. Lo que la

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