Una catedral gótica afirma que fue hecha por nosotros y no hecha por nosotros. Ciertamente fue obra del hombre, pero no la hallamos en nuestro hombre. Sino que nos aplicamos a la historia de su producción.
Nos ponemos en el lugar y el estado del constructor. Recordamos a los habitantes de los bosques, los primeros templos, la adhesión al primer tipo, y la decoración de este a medida que aumentaba la riqueza de la nación; el valor que el tallado confiere a la madera condujo a tallar en toda la montaña de piedra una catedral.
Cuando hemos pasado por este proceso, y le hemos sumado la Iglesia católica, su cruz, su música, sus procesiones, sus días de los santos y la veneración de imágenes, hemos sido, por decirlo así, el hombre que hizo la catedral; hemos visto cómo pudo y debió ser. Tenemos la razón suficiente.
La diferencia entre los hombres está en su principio de asociación.
Unos hombres clasifican los objetos por el color y el tamaño y otros accidentes de la apariencia; otros por la semejanza intrínseca, o por la relación de causa y efecto.
El progreso del intelecto conduce a una visión más clara de las causas, la cual desdeña las diferencias superficiales.
Para el poeta, para el filósofo, para el santo, todas las cosas son amistosas y sagradas, todos los acontecimientos provechosos, todos los días santos, todos los hombres divinos. Pues el ojo está fijado en la vida y menosprecia la circunstancia.
Toda sustancia química, toda planta, todo animal en su crecimiento, enseñan la unidad de causa, la variedad de apariencia.
Sostenidos y rodeados como estamos por esta naturaleza creadora de todo, blanda y fluida como una nube o el aire, ¿por qué habríamos de ser pedantes tan duros y magnificar unas pocas formas?