comodidad y reputación; pero cierra la puerta a la verdad. Aquel en quien predomine el amor a la verdad se mantendrá apartado de todo fondeadero, y a la deriva. Se abstendrá del dogmatismo y reconocerá todas las negaciones opuestas entre las cuales, a modo de muros, se balancea su ser. Se somete a la incomodidad de la suspensión y de la opinión imperfecta, pero es candidato a la verdad, como el otro no lo es, y respeta la ley suprema de su ser.
El círculo de la tierra verde debe medir con sus zapatos para hallar al hombre que pueda revelarle la verdad. Sabrá entonces que hay algo más bendito y grande en escuchar que en hablar. Dichoso el hombre que escucha; desdichado el hombre que habla. Mientras escucho la verdad, me veo bañado por un hermoso elemento y no soy consciente de límite alguno en mi naturaleza. Las sugerencias que oigo y veo son milenarias. Las aguas de lo gran hondo tienen entrada y salida hacia el alma. Pero si hablo, defino, confino y soy menos. Cuando Sócrates habla, Lysis y Menexeno no padecen la vergüenza de no hablar. Ellos también son buenos. Asimismo, él se muestra deferente con ellos, los ama mientras habla. Porque un hombre veraz y natural contiene y es la misma verdad que un hombre elocuente articula; mas en el hombre elocuente, por el hecho de poder articularla, parece residir un tanto menos, y este se vuelve hacia aquellos silenciosos hermosos con mayor inclinación y respeto. Decía la antigua sentencia: Guardemos silencio, pues así son los dioses. El silencio es un solvente que destruye la personalidad y nos concede la gracia de ser grandes y universales. El progreso de todo hombre se realiza a través de una sucesión de maestros, cada uno de los cuales parece en su momento ejercer una influencia superlativa, pero que al fin cede su lugar a uno nuevo. Que lo acepte todo con franqueza. Jesús dice: Deja a padre, madre, casa y tierras, y sígueme. Quien lo deja todo, recibe más.