de la multitud conserva con perfecta dulzura la independencia de la soledad.
La objeción a someterse a usos que se han vuelto muertos para ti es que disipan tus fuerzas. Hacen perder tu tiempo y difuminan la impresión de tu carácter.
Si mantienes una iglesia muerta, contribuyes a una sociedad bíblica muerta, votas con un gran partido ya sea por el gobierno o en contra de él, pones tu mesa como los amos de casa vulgares—bajo todas estas pantallas me es difícil discernir al hombre preciso que eres; y, por supuesto, gran parte de esa fuerza se le resta a tu vida propia.
Pero haz tu obra, y te conoceré. Haz tu obra, y te fortalecerás a ti mismo.
Un hombre debe considerar qué juego de la gallina ciega es este juego de la conformidad.
Si conozco tu secta, anticipo tu argumento.
Oigo a un predicador anunciar por texto y tema la conveniencia de una de las instituciones de su iglesia. ¿Acaso no sé de antemano que de ningún modo podrá decir una palabra nueva y espontánea? ¿Acaso no sé que con toda esta ostentación de examinar los fundamentos de la institución no hará tal cosa? ¿Acaso no sé que se ha comprometido a sí mismo a mirar solo hacia un lado, el lado permitido, no como un hombre, sino como un ministro parroquial?
Es un abogado contratado, y estas ínfulas de magistrado son la más vacía de las afectaciones.
Bien, la mayoría de los hombres se han vendado los ojos con uno u otro pañuelo, y se han adscrito a alguna de estas comunidades de opinión. Esta conformidad los hace no falsos en unos pocos detalles, autores de unas pocas mentiras, sino falsos en todos los detalles.