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Naturaleza

Transcurrido un tiempo, comienza a desear admitir a su amigo en esta experiencia consagrada y, con vacilación, pero con firmeza, expone las páginas a su vista. ¿Acaso no le quemarán los ojos? El amigo las hojea fríamente y pasa de la escritura a la conversación con una transición fácil, lo que asombra y mortifica a la otra parte. Él no puede sospechar de la escritura en sí. Días y noches de vida ferviente, de comunión con ángeles de la oscuridad y de la luz, han grabado sus caracteres sombríos en ese libro manchado de lágrimas. Sospecha de la inteligencia o del corazón de su amigo. ¿No hay entonces ningún amigo? Todavía no puede creer que uno pueda tener una experiencia imponente y, sin embargo, no saber cómo plasmar su hecho privado en la literatura; y tal vez el descubrimiento de que la sabiduría tiene otras lenguas y ministros distintos a nosotros, de que aunque guardáramos silencio la verdad no dejaría por ello de pronunciarse, frenaría perjudicialmente las llamas de nuestro celo. Un hombre solo puede hablar mientras no sienta que su discurso es parcial e inadecuado. Es parcial, pero él no lo ve como tal mientras lo enuncia. Tan pronto como se libera de lo instintivo y particular y ve su parcialidad, cierra la boca con disgusto. Pues ningún hombre puede escribir nada si no piensa que lo que escribe es, por el momento, la historia del mundo; ni hacer nada bien si no estima que su obra es de importancia. Mi obra puede no ser de ninguna, pero no debo pensar que carece de ella, o no la haré impunemente.

De igual manera, hay en toda la naturaleza algo burlón, algo que nos lleva de aquí para allá, pero que no llega a ninguna parte; que no nos guarda lealtad. Toda promesa supera a la ejecución. Vivimos en un sistema de aproximaciones. Cada fin apunta a algún otro fin que también es temporal; un éxito redondo y definitivo, en ninguna parte. Estamos acampados en la naturaleza, no domesticados.

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