unión, más pequeño y lastimoso resulta. Pero dejadle solo, para que reconozca en cada hora y lugar el alma secreta; andará de aquí para allá haciendo las obras de un verdadero miembro y, para asombro de todos, la obra se hará de común acuerdo, aunque nadie hable. El gobierno será adamantino sin necesidad de ningún gobernante. La unión debe ser ideal en el individualismo real.
Paso a la indicación de algunos particulares de esa fe en el hombre que el corazón nos predica en estos días, y que atrae mayor consideración a partir de la consideración de que las especulaciones de una generación son la historia de la siguiente.
Al aludir hace un momento a nuestro sistema educativo, hablé de la muerte en sus detalles. Pero es susceptible de una crítica más grave que la parálisis de sus miembros: es un sistema de la desesperación. La enfermedad que aflige a la mente humana en la actualidad es la falta de fe. Los hombres no creen en el poder de la educación. No creemos que podamos apelar a los sentimientos divinos en el hombre, y no lo intentamos. Renunciamos a todos los altos propósitos. Creemos que los defectos de tantas personas perversas y frívolas que componen la sociedad son orgánicos, y la sociedad es un hospital de incurables. Un hombre de buen juicio pero de escasa fe, cuya compasión parecía llevarle a la iglesia tan a menudo como iba, me dijo que «le gustaba que hubiera conciertos, ferias, iglesias y otras diversiones públicas». Me temo que el comentario es demasiado sincero y proviene del mismo origen que la máxima del tirano: «Si quieres gobernar el mundo en paz, debes mantenerlo entretenido». Noto también que el fundamento sobre el que destacados servidores públicos exigen la educación popular es el miedo: «Este país se está llenando de miles y millones de votantes, y hay que educarlos para evitar que nos degüellen».