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Modales

Ninguna casa, aunque fuese las Tullerías o el Escorial, sirve para nada sin un amo. Y sin embargo, no a menudo somos gratificados con esta hospitalidad. Todo el mundo a quien conocemos se rodea de una buena casa, buenos libros, invernadero, jardines, carruajes y toda clase de chucherías, a modo de biombos que se interponen entre él y su huésped. ¿No parece acaso que el hombre es de una naturaleza muy astuta y elusiva, y que no teme a nada tanto como a un pleno encuentro cara a cara con su prójimo? Sería despiadado, lo sé, abolir por completo el uso de estos biombos, que son de una conveniencia eminente, ya sea que el huésped sea demasiado importante o demasiado insignificante. Convocamos a muchos amigos que se entretienen mutuamente, o mediante lujos y adornos entretenemos a los jóvenes y protegemos nuestra intimidad. O si por acaso un realista perspicaz llega a nuestra puerta, ante cuya mirada no tenemos deseos de sostenernos, entonces de nuevo corremos hacia nuestra cortina y nos escondemos como Adán ante la voz del Señor Dios en el jardín. El cardenal Caprara, legado del Papa en París, se defendió de las miradas de Napoleón con un par de inmensas gafas verdes. Napoleón las advirtió y rápidamente se las ingenió para quitárselas con burla: y aun así Napoleón, a su vez, no fue lo suficientemente grande con ochocientos mil soldados a sus espaldas como para hacer frente a un par de ojos nacidos libres, sino que se atrincheró tras la etiqueta y dentro de triples barreras de reserva; y, como todo el mundo sabe por Madame de Staël, solía, cuando se sabía observado, vaciar su rostro de toda expresión. Pero los emperadores y los hombres ricos no son ni mucho menos los maestros más hábiles de los buenos modales. Ninguna lista de rentas ni escalafón militar pueden dignificar la evasión y la disimulación; y el primer punto de la cortesía debe ser siempre la verdad, así como en verdad todas las formas de la buena educación apuntan en esa dirección.

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