es poeta susceptible a estos encantamientos de la naturaleza; pues todos los hombres tienen los pensamientos de los cuales el universo es la celebración. Encuentro que la fascinación radica en el símbolo. ¿Quién ama la naturaleza? ¿Quién no? ¿Son acaso solo los poetas, y los hombres de ocio y cultura, quienes conviven con ella? No; sino también cazadores, granjeros, palafreneros y carniceros, aunque expresen su afecto en su elección de vida y no en su elección de palabras. El escritor se pregunta qué valoran el cochero o el cazador en la monta, en los caballos y en los perros. No son cualidades superficiales. Cuando hablas con él, las valora tan poco como tú. Su culto es simpático; no tiene definiciones, pero es dominado en la naturaleza por el poder viviente que siente allí presente. Ninguna imitación o representación de estas cosas lo contentaría; ama la seriedad del viento del norte, de la lluvia, de la piedra, de la madera y del hierro. Una belleza no explicable es más cara que una belleza cuyo fin podemos avizorar. Es la naturaleza el símbolo, la naturaleza que certifica lo sobrenatural, el cuerpo desbordado de vida al que adora con ritos toscos pero sinceros.
La interioridad y el misterio de este apego impulsan a los hombres de todas las clases al uso de emblemas. Las escuelas de poetas y filósofos no están más intoxicadas con sus símbolos que el populacho con los suyos. En nuestros partidos políticos, calcúlese el poder de las insignias y los emblemas. ¡Ved la gran bola que hacen rodar desde Baltimore hasta Bunker Hill! En las procesiones políticas, Lowell va en un telar, Lynn en un zapato y Salem en un barco. Sed testigos del barril de sidra, la cabaña de troncos, la vara de nogal americano, el palmito y todos los distintivos de partido.