A la sociedad le encantan las naturalezas criollas y los modales soñolientos y lánguidos, siempre que cubran sensatez, gracia y buena voluntad: * el aire de fuerza modorrenta que desarma la crítica; * tal vez porque esa persona parece reservarse para lo mejor del juego, y no gastarse en las superficies; * un ojo indiferente, que no ve las molestias, los apuros e inconvenientes que nublan la frente y ahogan la
Por tanto, además de la fuerza personal y de la suficiente percepción como para constituir un gusto infalible, la sociedad exige en su clase patricia otro elemento ya insinuado, al que denomina significativamente buena naturaleza, expresando todos los grados de generosidad, desde la más baja disposición y facultad para complacer, hasta las cumbres de la magnanimidad y el amor. Debemos poseer perspicacia, o de lo contrario chocaremos los unos con los otros y erraremos el camino hacia nuestro sustento; pero el intelecto es egoísta y estéril. El secreto del éxito en sociedad es una cierta cordialidad y simpatía. Un hombre que no se siente feliz en compañía no puede encontrar en su memoria palabra alguna que se adapte a la ocasión. Toda su información resulta un tanto impertinente. El hombre que se siente feliz en ella encuentra en cada giro de la conversación ocasiones igualmente propicias para introducir lo que tiene que decir. Los favoritos de la sociedad, y aquellos a quienes esta llama almas integras, son hombres capaces y de más espíritu que ingenio, que carecen de un egotismo incómodo, sino que llenan exactamente la hora y la compañía; satisfechos y satisfaciendo, en una boda o en un funeral, en un baile o en un jurado, en una excursión acuática o en una cacería. Inglaterra, que es rica en caballeros, ofreció a principios del siglo presente un buen modelo de ese genio que el mundo ama en la figura del señor Fox,