La prudencia no va más allá de la naturaleza para preguntar de dónde viene. Toma las leyes del mundo mediante las cuales se condicina el ser del hombre tal como son, y obedece estas leyes para poder disfrutar de su bien propio.
Respeta el espacio y el tiempo, el clima, la necesidad, el sueño, la ley de polaridad, el crecimiento y la muerte. Giran, para dar límite y período a su ser por todas partes, el sol y la luna, los grandes formalistas del cielo: aquí yace la materia terca, que no se apartará de su rutina química.
Aquí hay un globo plantado, perforado y ceñido de leyes naturales, y cercado y distribuido externamente con particiones civiles y propiedades que imponen nuevas restricciones al joven habitante.
Comemos del pan que crece en el campo. Vivimos del aire que nos rodea y nos envenena el aire que es demasiado frío o demasiado caliente, demasiado seco o demasiado húmedo. El tiempo, que se muestra tan vacío, indivisible y divino en su advenimiento, es fragmentado y menudeado en naderías y jirones. Hay que pintar una puerta, hay que reparar una cerradura. Quiero leña o aceite, o harina o sal; la casa humea, o me duele la cabeza; luego el impuesto, y un asunto que tramitar con un hombre sin corazón ni cerebro, y el recuerdo punzante de una palabra ofensiva o muy torpe—estas cosas devoran las horas. Hagamos lo que hagamos, el verano tendrá sus moscas; si caminamos por los bosques debemos alimentar a los mosquitos; si vamos a pescar debemos esperar una chaqueta mojada. Luego el clima es un gran impedimento para las personas perezosas; a menudo resolvemos abandonar el cuidado del