«Trabaja —le dice al hombre— en cada hora, pagada o no, procura tan solo trabajar, y no podrás escapar a la recompensa: ya sea tu trabajo fino o burdo, plantar maíz o escribir epopeyas, con tal que sea un trabajo honesto, hecho con tu propia aprobación, se ganará una recompensa tanto para los sentidos como para el pensamiento: no importa cuán a menudo seas derrotado, has nacido para la victoria. La recompensa de una cosa bien hecha es haberla
Tan pronto como el hombre se habitúa a mirar más allá de las apariencias y a ver cómo esta suprema voluntad prevalece sin excepción ni tregua, se instala en la serenidad. Puede confiar ya en las leyes de la gravedad, en que cada piedra caerá donde le corresponde; el buen globo es fiel y nos transporta con seguridad por los espacios celestes, ansiosos o resignados, no necesitamos intervenir para ayudarlo a avanzar: y aprenderá algún día la suave lección que enseñan, la de que nuestra propia órbita es toda nuestra tarea, y no necesitamos coadyuvar en la administración del universo. No tengas tanta prisa por corregir a la ciudad respecto a las infundadas pretensiones y la falsa reputación de ciertos hombres influyentes. Ellos se esfuerzan más por corregir a la ciudad respecto a sí mismos, y sin duda lo conseguirán. Suprime durante unos días tus críticas sobre la insuficiencia de este o aquel maestro o experimentador, y él habrá demostrado su insuficiencia ante los ojos de todos. Del mismo modo, que un hombre se adentre en los circuitos divinos y se verá engrandecido. La obediencia a su genio es la única influencia liberadora. Deseamos escapar de la sumisión y de un sentimiento de inferioridad, y promulgamos ordenanzas de abnegación, bebemos agua,