Las primeras manifestaciones de complacencia y bondad son las imágenes más cautivadoras de la naturaleza. Es el amanecer de la civilidad y la gracia en lo basto y rústico.
El grosero muchacho de la aldea molesta a las niñas junto a la puerta de la escuela; mas hoy entra corriendo al zaguán y se encuentra a una niña hermosa acomodando su cartera; le sostiene los libros para ayudarla, y al instante le parece como si ella se alejara de él infinitamente y fuera un recinto sagrado.
Entre la muchedumbre de niñas corre con bastante rudeza, pero una sola lo mantiene a distancia; y estos dos pequeños vecinos, que hasta hace un momento eran tan cercanos, han aprendido a respetar la individualidad del otro.
O ¿quién puede apartar los ojos de las maneras atrayentes, medio astutas, medio ingenuas, de las colegialas que entran en las tiendas del campo a comprar una madeja de seda o un pliego de papel, y charlan durante media hora sobre nada con el dependiente de cara ancha y bondadosa?
En el pueblo se encuentran en una perfecta igualdad, de la que el amor se complace, y sin coquetería alguna la naturaleza feliz y afectuosa de la mujer fluye en esta bonita confidencia.
Las chicas pueden tener poca belleza, pero claramente establecen entre ellas y el buen muchacho las relaciones más agradables y confiadas, entre bromas y veras sobre Edgar, Jonas y Almira, y quién fue invitado a la fiesta, y quién bailó en la escuela de baile, y cuándo empezaría la escuela de canto, y otras naderías sobre las cuales los jóvenes arrullaban.
Poco después ese muchacho querrá una esposa, y con toda verdad y de corazón sabrá dónde encontrar una compañera sincera y dulce, sin riesgo alguno de los que Milton deplora como propios de los eruditos y los grandes hombres.