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Amistad

han regalado horas deliciosas; pero la alegría termina en el día; no rinde fruto. El pensamiento no nace de ello; mi acción apenas se ve modificada. Debo sentir orgullo por los logros de mi amigo como si fueran míos, y sentido de propiedad sobre sus virtudes. Siento la misma calidez cuando es alabado que el amante cuando escucha los aplausos hacia su prometida. Sobreestimamos la conciencia de nuestro amigo. Su bondad parece mejor que nuestra bondad, su naturaleza más noble, sus tentaciones menores. Todo lo que es suyo —su nombre, su figura, su vestimenta, sus libros e instrumentos— la fantasía lo realza. Nuestro propio pensamiento suena nuevo y más vasto en su boca.

Sin embargo, la sístole y la diástole del corazón no carecen de analogía en el flujo y reflujo del amor. La amistad, al igual que la inmortalidad del alma, es demasiado buena para ser creída.

El amante, al contemplar a su amada, medio sabe que ella no es en verdad aquello que adora; y en la hora dorada de la amistad nos sorprenden matices de sospecha e incredulidad. Dudamos de si otorgamos a nuestro héroe las virtudes con las que brilla, y después adoramos la forma a la que hemos atribuido esta morada divina.

En rigor, el alma no respeta a los hombres como se respeta a sí misma. En la ciencia estricta, todas las personas están sujetas a la misma condición de infinita lejanía. ¿Temeremos enfriar nuestro amor al cavar en busca del cimiento metafísico de este templo elíseo? ¿No seré yo tan real como las cosas que veo? Si lo soy, no temeré conocerlas por lo que son.

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