objetos. Un mar innavegable baña con olas silenciosas el espacio entre nosotros y las cosas a las que apuntamos y con las que conversamos. La pena también nos volverá idealistas. En la muerte de mi hijo, hace ahora más de dos años, me parece haber perdido una hermosa finca, nada más. No puedo acercarla más a mí. Si mañana se me informara de la bancarrota de mis principales deudores, la pérdida de mi propiedad me acarrearía un gran inconveniente, tal vez, durante muchos años; pero me dejaría tal como me encontró: ni mejor ni peor. Así ocurre con esta calamidad: no me toca; algo que yo imaginaba que era parte de mí, que no podía ser arrancado sin desgarrarme ni engrandecido sin enriquecerme, se desprende de mí y no deja cicatriz. Era caduco. Me aflige que la pena no pueda enseñarme nada, ni llevarme un solo paso hacia la naturaleza real. El indio sobre el que recayó la maldición de que el viento no le soplara, ni el agua le fluyera, ni el fuego le quemara, es un arquetipo de todos nosotros. Los acontecimientos más entrañables son lluvia de verano, y nosotros los abrigos de Para que rechazan cada gota. Ya no nos queda sino la muerte. Miramos hacia ella con sombría satisfacción, diciendo: Allá está al menos la realidad que no nos esquivará.
Tomo esta fugacidad y lubricidad de todos los objetos, que hace que se nos escurran entre los dedos cuando más fuertemente los apretamos, como la parte más ingrata de nuestra condición.
A la naturaleza no le gusta ser observada, y prefiere que seamos sus tontos y sus compañeros de juegos. Podremos usar la esfera como pelota de críquet, pero ni una baya para nuestra filosofía.
Golpes directos jamás nos dio el poder de asestar; todos nuestros ataques resbalan, todos nuestros aciertos son accidentales. Nuestras relaciones mutuas son oblicuas y fortuitas.
El sueño nos conduce al sueño, y no hay fin para la ilusión.