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Regalos

mandara llamar para que viaje cien millas a visitarlo y pusiera ante mí una canasta de hermosa fruta de verano, pensaría que hay cierta proporción entre el trabajo y la recompensa.

Para los regalos comunes, la necesidad hace que la pertinencia y la belleza sean cotidianas, y uno se alegra cuando un imperativo no le deja opción; puesto que si el hombre en la puerta no tiene zapatos, no tienes que considerar si podrías procurarle una caja de óleos. Y así como siempre es agradable ver a un hombre comer pan, o beber agua, dentro de la casa o al aire libre, también es una gran satisfacción suplir estas primeras necesidades. La necesidad hace todo bien. En nuestra condición de dependencia universal, parece heroico dejar que el peticionario sea el juez de su necesidad, y dar todo lo que se pide, aunque sea con gran inconveniencia. Si es un deseo fantástico, es mejor dejar a otros el oficio de castigarle. Puedo pensar en muchos papeles que preferiría representar antes que el de las Furias. Después de las cosas de la necesidad, la regla para un regalo, que uno de mis amigos prescribió, es que podamos transmitir a alguna persona aquello que pertenecía propiamente a su carácter, y se asociaba fácilmente con él en el pensamiento. Pero nuestras muestras de cumplimiento y amor son en su mayor parte bárbaras. Los anillos y otras joyas no son regalos, sino disculpas de regalos. El único regalo es una porción de ti mismo. Debes sangrar por mí. Por lo tanto, el poeta trae su poema; el pastor, su cordero; el granjero, maíz; el minero, una gema; el marinero, coral y conchas; el pintor, su cuadro; la muchacha, un pañuelo cosido por ella misma. Esto es correcto y agrada, porque restablece así la sociedad en su base primaria, cuando la biografía de un hombre se transmite en su regalo, y la riqueza de cada hombre es un índice de su mérito.

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