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Intelecto

vuestra mirada espontánea os llevará, mientras os levantáis de la cama, o paseáis por la mañana tras meditar sobre el asunto antes de dormir la noche anterior. Nuestro pensamiento es una piadosa recepción. La verdad de nuestro pensamiento se ve, por tanto, viciada tanto por una dirección demasiado violenta dada por nuestra voluntad, como por una negligencia demasiado grande. No determinamos lo que vamos a pensar. Nos limitamos a abrir nuestros sentidos, apartar como podamos toda obstrucción del hecho, y permitir que el intelecto vea. Tenemos poco control sobre nuestros pensamientos. Somos los prisioneros de las ideas. Nos arrebatan por momentos a su cielo y nos ocupan de tal modo que no pensamos en el mañana, miramos como niños, sin el esfuerzo de hacerlas nuestras. Poco a poco caemos de ese arrebato, recordamos dónde hemos estado, qué hemos visto, y repetimos con la mayor fidelidad posible lo que hemos contemplado. En la medida en que podemos evocar estos éxtasis, nos llevamos en la memoria indeleble el resultado, y todos los hombres y todas las edades lo confirman. Se llama Verdad. Pero en el momento en que dejamos de relatar y tratamos de corregir e idear, ya no es verdad.

Si consideramos qué personas nos han estimulado y beneficiado, percibiremos la superioridad del principio espontáneo o intuitivo sobre el aritmético o lógico.

El primero contiene al segundo, pero de manera virtual y latente. Exigimos en todo hombre una larga lógica; no podemos perdonar su ausencia, pero no debe ser expresada.

La lógica es el desfile o despliegue proporcionado de la intuición; mas su virtud es como método silencioso; en el momento en que pretende manifestarse como proposiciones y adquirir un valor separado, carece de valor.

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