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Prudencia

Se dice que nuestro comercio yanqui raya en el extremo de esta prudencia. Acepta billetes de banco —buenos, malos, limpios, rotos— y se salva gracias a la rapidez con la que los hace circular.

El hierro no puede oxidarse, ni la acedarse la cerveza, ni pudrirse la madera, ni pasar de moda las indianas, ni depreciarse las reservas de dinero, en los pocos y fugaces momentos en que el yanqui consiente en conservar cualquiera de ellos en su poder.

Patinando sobre hielo delgado, nuestra salvación está en nuestra velocidad.

Que aprenda una prudencia de orden superior. Que aprenda que todo en la naturaleza, hasta las motas de polvo y las plumas, se rige por la ley y no por la suerte, y que lo que siembra, cosecha. Mediante la diligencia y el dominio propio, que ponga el pan que come a su propia disposición, para que no se halle en relaciones amargas y falsas con los demás hombres; porque el mejor bien de la riqueza es la libertad. Que practique las virtudes menores. * ¡Cuánto de la vida humana se pierde en la espera!; que no haga esperar a sus semejantes. * ¡Cuántas palabras y promesas son meras palabras de conversación! Que las suyas sean palabras de destino. Cuando vea que un trozo de papel doblado y sellado flota alrededor del globo en un barco de pino y llega sano y salvo a los ojos para los que fue escrito, en medio de una población hormigueante, que sienta asimismo la admonición de integrar su ser frente a todas estas fuerzas perturbadoras, y de mantener una frágil palabra humana entre las tormentas, las distancias y los accidentes que nos arrastran de aquí para allá, y,

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