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Experiencia

ciento cincuenta y siete guineas, un autógrafo de Shakespeare; pero por nada un escolar puede leer Hamlet y descubrir en él secretos de la más alta importancia aún no publicados. Pienso que jamás leeré otros que los libros más comunes⁠—la Biblia, Homero, Dante, Shakespeare y Milton. Luego nos impacienta una vida y un planeta tan públicos, y corremos de aquí para allá en busca de rincones y secretos. La imaginación se deleita en la destreza boscosa de los indios, los tramperos y los cazadores de abejas. Imaginamos que somos extranjeros, y no estamos tan íntimamente domesticados en el planeta como el hombre salvaje, la bestia salvaje y el pájaro. Pero la exclusión los alcanza también a ellos; alcanza al hombre trepador, volador, deslizante, emplumado y cuadrúpedo. El zorro y la marmota, el halcón, la agachadiza y el avetoro, cuando se los mira de cerca, no tienen más arraigo en el mundo profundo que el hombre, y no son sino inquilinos superficiales del globo. Luego la nueva filosofía molecular muestra espacios interestelares astronómicos entre átomo y átomo, muestra que el mundo es todo exterior; no tiene interior.

El mundo intermedio es el mejor. La Naturaleza, como la conocemos, no es ninguna santa. A las luces de la Iglesia, a los ascetas, gentuiles y vegetarianos, no los distingue con ningún favor. Ella viene comiendo, bebiendo y pecando. Sus favoritos —los grandes, los fuertes, los bellos— no son hijos de nuestra ley; no salen de la Escuela Dominical, ni miden sus alimentos, ni guardan puntualmente los mandamientos. Si hemos de ser fuertes con su fuerza, no debemos albergar conciencias tan desconsoladas, tomadas además prestadas de las conciencias de otras naciones. Debemos oponer el fuerte tiempo presente a todos los rumores de ira, pasados o por venir. Hay tantas cosas sin resolver cuya resolución es de la máxima importancia; y, en tanto se resuelven, haremos lo que hacemos.

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