Cada intelección es principalmente prospectiva. Su valor presente es el menor. Inspeccionad lo que os deleita en Plutarco, en Shakespeare, en Cervantes. Cada verdad que adquiere un escritor es una linterna que proyecta de lleno sobre los hechos y pensamientos que ya yacían en su mente, y he aquí que todas las esteras y los cascajos que habían desordenado su desván se vuelven preciosos. Cada hecho trivial de su biografía privada se convierte en una ilustración de este nuevo principio, vuelve a la luz del día y deleita a todos los hombres por su agudeza y su nuevo encanto. Los hombres dicen: «¿De dónde sacó esto?», y piensan que hubo algo divino en su vida. Pero no; ellos tienen miríadas de hechos igual de buenos, con tal de que consiguieran una lámpara con la cual registrar sus desvanes.
Todos somos sabios. La diferencia entre las personas no está en la sabiduría, sino en el arte. Conocí, en un club académico, a una persona que siempre me defería; la cual, al ver mi capricho por escribir, imaginaba que mis experiencias eran algo superiores, mientras que yo veía que las suyas eran tan buenas como las mía. Dámelas y haría el mismo uso de ellas. Él retenía lo viejo; él retiene lo nuevo; yo tenía el hábito de hilvanar lo viejo y lo nuevo que él no solía practicar. Esto puede cumplirse en los grandes ejemplos. Tal vez si nos encontrásemos con Shakespeare no seríamos conscientes de una gran inferioridad; no, sino de una gran igualdad—solo que él poseía una extraña habilidad para usar, para clasificar, sus hechos, de la que carecíamos nosotros. Pues a pesar de nuestra absoluta incapacidad para producir algo parecido a Hamlet y Othello, ved la perfecta acogida que este ingenio y este inmenso conocimiento de la vida y esta fluida elocuencia hallan en todos nosotros.
Si recogéis manzanas a la luz del sol, o hacéis heno, o caváis el maíz, y luego os retiráis puertas adentro y cerráis los ojos y os los presionáis con la