Las expresiones más simples son las más dignas de ser escritas, y sin embargo son tan baratas y tan cosa sabida, que en las riquezas infinitas del alma es como recoger unos pocos guijarros del suelo, o embotellar un poco de aire en un frasco, cuando toda la tierra y toda la atmósfera son nuestras. Nada puede pasar por allí, ni hacerte uno del círculo, sino el despojarse de los adornos y tratar de hombre a hombre en la verdad desnuda, la confesión sencilla y la afirmación omnisciente.
Almas como estas te tratan como lo harían los dioses, caminan como dioses sobre la tierra, aceptando sin asombro alguno tu ingenio, tu generosidad, tu virtud incluso —di más bien tu acto de deber, pues tu virtud la reconocen como su propia sangre, tan real como ellos mismos, y sobrerreal, y el padre de los dioses.
¡Pero qué reproche arroja su llano trato fraternal sobre la lisonja mutua con que los autores se consiguen consuelo y se hieren! Estos no lisonjean. No me extraña que estos hombres vayan a ver a Cromwell y a Cristina y a Carlos Segundo y a Jacobo Primero y al Gran Turco. Pues ellos son, en su propia elevación, los pares de los reyes, y han de sentir el tono servil de la conversación en el mundo. Deben ser siempre un regalo del cielo para los príncipes, porque se plantan ante ellos, de rey a rey, sin reverencias ni concesiones, y brindan a una naturaleza elevada el refrigerio y la satisfacción de la resistencia, de la llana humanidad, de la compañía misma y de ideas nuevas. Los dejan hombres más sabios y superiores.
Almas como estas nos hacen sentir que la sinceridad es más excelente que la lisonja. Trata con tanta franqueza al hombre y a la mujer como para forzar la máxima sinceridad y destruir toda esperanza de frivolidad contigo. Es el mayor cumplido que puedes rendir. «Su "elogio más alto"», dijo Milton, «no es lisonja, y su consejo más franco es una especie de elogio».