El poder cesa en el instante de reposo; reside en el momento de transición de un estado pasado a uno nuevo, en el salto del abismo, en el dardo hacia una meta. Este único hecho es el que el mundo odia: que el alma se hace; porque eso degrada para siempre el pasado, convierte toda riqueza en pobreza, toda reputación en vergüenza, confunde al santo con el bribón, hace a un lado por igual a Jesús y a Judas. ¿Por qué parloteamos entonces sobre la confianza en uno mismo? En la medida en que el alma esté presente, habrá poder, no confiado, sino activo. Hablar de confianza es una pobre manera externa de hablar. Hablad más bien de aquello que confía porque obra y es. Quien tiene más obediencia que yo me domina, aunque no levantara un dedo. En torno a él debo girar por la gravitación de los espíritus. Imaginamos que es retórica cuando hablamos de virtud eminente. Aún no vemos que la virtud es Altura, y que un hombre o una compañía de hombres, plásticos y permeables a los principios, por la ley de la naturaleza deben dominar y someter a todas las ciudades, naciones, reyes, hombres ricos, poetas, que no lo son.
Este es el hecho último al que tan rápidamente llegamos en este, como en cualquier tema, la resolución de todo en el siempre bendito Uno. La autoexistencia es el atributo de la Causa Suprema, y constituye la medida del bien por el grado en que entra en todas las formas inferiores. Todas las cosas reales lo son por tanta virtud como contienen. El comercio, la agricultura, la caza, la pesca de ballenas, la guerra, la elocuencia, la influencia personal, son algo, y atraen mi respeto como ejemplos de su presencia y acción impura. Veo la misma ley obrando en la naturaleza para la conservación y el crecimiento. El poder es, en la naturaleza, la medida esencial del derecho. La naturaleza no permite que permanezca