inclinaciones encarnadas en efigies perversas. En los Alpes, el viajero a veces contempla su propia sombra magnificada hasta volverse gigantesca, de modo que cada gesto de su mano resulta aterrador. «Hijos míos», dijo un viejo a sus muchachos asustados por una figura en la entrada oscura, «hijos míos, nunca veréis nada peor que vosotros mismos». Así como en los sueños, en los acontecimientos apenas menos fluidos del mundo, cada hombre se ve a sí mismo en tamaño colosal, sin saber que es él mismo. Lo bueno, comparado con lo malo que ve, es como su propio bien en relación con su propio mal. Cada cualidad de su mente se magnifica en algún conocido, y cada emoción de su corazón en alguna persona. Es como un quinconce de árboles, que cuenta cinco —este, oeste, norte o sur—; o un acróstico inicial, medial y terminal. ¿Y por qué no? Se aferra a una persona y evita a otra, según su semejanza o desemejanza con él mismo, buscando verdaderamente su propio reflejo en sus allegados y, además, en su oficio, sus hábitos, sus gestos, sus comidas y bebidas, y llega por fin a quedar fielmente representado por cada perspectiva que se tome de sus circunstancias.
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Leyes espirituales
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