Si visitas a tu amigo, ¿por qué necesitas disculparte por no haberlo visitado, y perder su tiempo y mancillar tu propio acto? Visítalo ahora. Hazle sentir que el amor más alto ha venido a verlo, en ti, su órgano más humilde.
¿O por qué necesitas atormentarte a ti y a tu amigo con secretos auto-reproches por no haberlo ayudado o agasajado con regalos y saludos hasta ahora? Sé un regalo y una bendición. Brilla con luz propia y no con el reflejo prestado de los obsequios.
Los hombres comunes son excusas de hombres; inclinan la cabeza, se disculpan con razones prolíficas y acumulan apariencias porque la sustancia no está.
Estamos llenos de estas supersticiones de los sentidos, el culto a la magnitud. Llamamos inactivo al poeta porque no es presidente, comerciante o porteador. Adoramos una institución y no vemos que está fundada sobre un pensamiento que nosotros poseemos. Pero la acción real está en los momentos silenciosos. Las épocas de nuestra vida no se encuentran en los hechos visibles de nuestra elección de vocación, nuestro matrimonio, la adquisición de un cargo y cosas semejantes, sino en un pensamiento silencioso al borde del camino mientras caminamos; en un pensamiento que revisa todo nuestro modo de vida y dice: «Así has obrado, pero habría sido mejor de este otro modo». Y todos nuestros años posteriores, como criados, sirven y aguardan a este, y según su capacidad ejecutan su voluntad. Esta revisión o corrección es una fuerza constante que, como tendencia, atraviesa toda nuestra existencia. El objeto del hombre, el fin de estos momentos, es hacer que la luz del día brille a través de él, permitir que la ley atraviese todo su ser sin obstrucción, de modo que, sobre cualquier punto de su hacer en que