“El paraíso está bajo la sombra de las espadas”.
El vino tinto lo beben los bribones, El azúcar se gasta en cebar esclavos, Rosa y pámpano adornan a los bufones; Los nubarrones son las guirnaldas de Jove, Que a menudo cuelgan en coronas de espanto Anudadas de rayos alrededor de su cabeza; El héroe no se alimenta de golosinas, A diario se come su propio corazón; Las cámaras de los grandes son cárceles, Y los vientos de proa son propicios para las velas reales.
En los dramaturgos isabelinos y jacobeos, y principalmente en las obras de Beaumont y Fletcher, hay un reconocimiento constante de la hidalguía, como si la conducta noble fuera tan fácil de distinguir en la sociedad de su época como lo es el color en nuestra población americana. Cuando entra cualquier Rodrigo, Pedro o Valerio, aunque sea un desconocido, el duque o el gobernador exclaman: Este es un caballero, y le prodigan atenciones sin fin; pero todos los demás son escoria y desecho. En armonía con este deleite por las ventajas personales, hay en sus obras cierto tinte heroico de carácter y diálogo —Bonduca, Sócles, El amante loco, El doble matrimonio— en el que quien habla es tan sincero y cordial, y sobre bases tan profundas de carácter, que el diálogo, ante el más mínimo incidente adicional en la trama, se eleva de manera natural hacia la poesía. Entre muchos textos, tómese el siguiente. El romano Marcio ha conquistado Atenas, todo excepto los espíritus invencibles de Sócles, duque de Atenas, y Dorigen, su esposa. La belleza de esta última inflama a Marcio, y este intenta salvar al esposo de ella; pero Sócles no pedirá su vida, a pesar de tener la seguridad de que una palabra lo salvará, y la ejecución de ambos prosigue: