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El alma soberana

Esta energía no desciende a la vida individual bajo ninguna otra condición que no sea la posesión total.

Llega a los humildes y sencillos; llega a quienquiera que se despoje de lo ajeno y lo soberbio; llega como perspicacia; llega como serenidad y grandeza.

Cuando vemos a aquellos que habita, somos informados de nuevos grados de grandeza.

De esa inspiración el hombre regresa con un tono diferente. No habla con los hombres con la mira puesta en la opinión de estos. Los pone a prueba. Exige de nosotros que seamos sencillos y veraces.

  • El viajero vanidoso intenta embellecer su vida citando a mi lord, al príncipe y a la condesa, que así le hablaron o le hicieron esto o aquello.
  • Los vulgares ambiciosos os muestran sus cucharas, broches y anillos, y conservan sus tarjetas y cumplidos.
  • Los más cultos, al relatar su propia experiencia, seleccionan la circunstancia poética y agradable —la visita a Roma, el genio al que vieron, el brillante amigo que conocen—; y más allá quizá el paisaje suntuoso, las luces de la montaña, los pensamientos montañeses que disfrutaron ayer—, y procuran así arrojar un color romántico sobre su vida.

Pero el alma que asciende para adorar al gran Dios es sencilla y veraz; no tiene color de rosa, ni buenos amigos, ni caballería, ni aventuras; no busca la admiración; habita en la hora que ahora es, en la experiencia ferviente del día común —en virtud de que el momento presente y el mero detalle se han vuelto porosos al pensamiento y ávidos de beber el mar de luz.

Conversa con una mente grandiosamente simple, y la literatura parecerá un juego de palabras.

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