Gifts of one who loved me— ‘T was high time they came; When he ceased to love me, Time they stopped for shame.
Se dice que el mundo se encuentra en estado de bancarrota; que el mundo le debe al mundo más de lo que el mundo puede pagar, y que debería declararse en quiebra y ser vendido. No creo que esta insolvencia general, que involucra de algún modo a toda la población, sea la causa de la dificultad que se experimenta en Navidad, Año Nuevo y otras fechas para otorgar regalos; ya que siempre es muy grato ser generoso, aunque resulte muy molesto pagar las deudas. Pero el impedimento radica en la elección. Si en algún momento se me pasa por la cabeza que debo un regalo a alguien, me desconcierta qué dar, hasta que la oportunidad se esfuma. Las flores y las frutas son siempre regalos apropiados; las flores, porque son una orgullosa afirmación de que un rayo de belleza supera a todas las utilidades del mundo. Estas naturalezas alegres contrastan con el semblante algo severo de la naturaleza ordinaria: son como música escuchada a las puertas de un asilo. La naturaleza no nos malcría; somos hijos, no mascotas; no es afectuosa; todo se nos reparte sin temor ni favor, según leyes universales severas. Sin embargo, estas delicadas flores parecen la travesura y la intromisión del amor y la belleza. Los hombres solían decirnos que nos encanta el halago aunque no nos engañemos con él, porque demuestra que somos lo suficientemente importantes como para ser cortejados. Algo semejante a ese placer nos otorgan las flores: ¿quién soy yo a quien van dirigidas estas dulces insinuaciones? Las frutas son obsequios aceptables, porque son la flor de las mercancías, y permiten que se les atribuyan valores fantásticos. Si un hombre me