Tan cercana y propia es también aquella vieja fábula de la Esfinge, que se decía que se sentaba a la vera del camino y planteaba adivinanzas a todo transeúnte. Si el hombre no podía responder, ella lo devoraba vivo. Si podía resolver el enigma, la Esfinge era abatida.
¿Qué es nuestra vida sino un vuelo interminable de hechos o acontecimientos alados? Con espléndida variedad llegan estos cambios, todos planteándole preguntas al espíritu humano.
Aquellos hombres que no pueden responder mediante una sabiduría superior a estos hechos o preguntas del tiempo, se convierten en sus sirvientes. Los hechos los estorban, los tiranizan y hacen de ellos hombres de rutina, hombres de sentido común, en quienes una obediencia literal a los hechos ha extinguido cada chispa de esa luz por la cual el hombre es verdaderamente hombre.
Pero si el hombre es fiel a sus mejores instintos o sentimientos, y rechaza el dominio de los hechos, como quien proviene de una raza superior; se mantiene firme en el alma y discierne el principio, entonces los hechos caen de manera oportuna y dócil en su lugar; reconocen a su amo, y el más humilde de ellos lo glorifica.
Véase en la Helena de Goethe el mismo deseo de que cada palabra sea una cosa. Estas figuras, solía decir, estos Quirones, grifos, Forcías, Helena y Leda, son algo y ejercen una influencia específica en la mente. En la medida en que son entidades eternas, son tan reales hoy como en la primera Olimpiada. Dando muchas vueltas a todo ello, despliega libremente su humor y les da cuerpo ante su propia imaginación. Y aunque ese poema sea tan vago y fantástico como un sueño, resulta mucho más atractivo que las piezas dramáticas más regulares del mismo autor, por la razón de que ofrece un alivio maravilloso a la mente frente a la rutina de las imágenes habituales —despertando la inventiva y la fantasía del lector mediante la libertad desenfrenada del diseño y la incesante sucesión de ágiles golpes de sorpresa.