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Amor

“La persona a quien el amor ajusta, como el maná, de todo tiene el gusta.”

El mundo gira; las circunstancias varían a cada hora. Los ángeles que habitan en este templo del cuerpo aparecen en las ventanas, y los gnomos y los vicios también. Por todas las virtudes están unidos. Si hay virtud, todos los vicios se conocen como tales; confiesan y huyen.

Su mirada, otrora ardiente, se sosiega con el tiempo en ambos pechos, y perdiendo en violencia lo que gana en extensión, se convierte en un entendimiento cabal y excelente.

Se resignan mutuamente y sin queja a los buenos oficios que el hombre y la mujer están destinados por turno a cumplir con el tiempo, y cambian la pasión que antaño no podía perder de vista a su objeto por un mutuo apoyo alegre y desprendido, ya estén presentes o ausentes, de los designios del otro.

Al fin descubren que todo aquello que al principio los atrajo —esos rasgos antaño sagrados, ese juego mágico de encantos— era caduco, tenía un fin previsible, como el andamio con el que se construyó la casa; y la depuración del intelecto y del corazón año tras año es el verdadero matrimonio, previsto y preparado desde el principio, y totalmente ajeno a su consciencia.

Al considerar estos propósitos con los cuales dos personas, un hombre y una mujer, dotados de manera tan diversa y correlativa, son encerrados en una misma casa para pasar en la sociedad nupcial cuarenta o cincuenta años, no me extraña el énfasis con el que el corazón profetiza esta crisis desde la primera infancia, ni la belleza profusa con la que los instintos adornan el lecho nupcial, ni que la naturaleza, el intelecto y el arte compitan entre sí en los dones y la melodía que aportan al epitalamio.

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