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Arte

la escucho, tanto como lo ha hecho antes una épica. Un perro, trazado por un maestro, o una camada de cerdos, satisface y es una realidad no menor que los frescos de Angelo. De esta sucesión de excelentes objetos aprendemos por fin la inmensidad del mundo, la opulencia de la naturaleza humana, que puede extenderse hasta el infinito en cualquier dirección. Pero también aprendo que lo que me asombró y fascinó en la primera obra me asombró también en la segunda; que la excelencia de todas las cosas es una.

El oficio de la pintura y la escultura parece ser meramente inicial. Los mejores cuadros pueden revelarnos fácilmente su último secreto. Los mejores cuadros son toscos bocetos de unos cuantos puntos, líneas y tintes milagrosos que componen el siempre cambiante «paisaje con figuras» en medio del cual habitamos.

La pintura parece ser para el ojo lo que la danza es para las extremidades. Cuando esta ha educado el cuerpo para el dominio propio, la agilidad y la gracia, los pasos del maestro de danza es mejor olvidarlos; así, la pintura me enseña el esplendor del color y la expresión de la forma, y a medida que veo muchos cuadros y un genio más elevado en el arte, veo la opulencia sin límites del pincel, la indiferencia con la que el artista se yergue libre para elegir entre las formas posibles.

Si puede dibujarlo todo, ¿para qué dibujar algo?; y entonces se abre mi ojo al cuadro eterno que la naturaleza pinta en la calle, con hombres y niños en movimiento, mendigos y elegantes damas, ataviados de rojo, verde, azul y gris; de cabello largo, canosos, de rostro blanco, de rostro negro, arrugados, gigantes, enanos, dilatados, duendecillos⁠—coronados y cimentados por el cielo, la tierra y el mar.

Una galería de escultura enseña con mayor austeridad la misma lección. Así como la pintura enseña la coloración, la escultura enseña la anatomía de la forma.

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