Cada pensamiento es también una prisión; cada cielo es también una prisión. Por eso amamos al poeta, al inventor, que de cualquier forma, ya sea en una oda o en una acción o en miradas y comportamiento, nos ha cedido un nuevo pensamiento. Él desata nuestras cadenas y nos da acceso a una nueva escena.
Esta emancipación es cara a todos los hombres, y el poder de impartirla, como debe provenir de una mayor profundidad y alcance del pensamiento, es una medida del intelecto.
Por tanto, todos los libros de la imaginación perduran, todos aquellos que ascienden a esa verdad de que el escritor ve la naturaleza debajo de sí y la usa como su exponente.
Todo verso o sentencia que posea esta virtud cuidará de su propia inmortalidad.
Las religiones del mundo son las exclamaciones de unos cuantos hombres imaginativos.
Pero la cualidad de la imaginación es fluir, y no congelarse. El poeta no se detuvo en el color o en la forma, sino que leyó su significado; tampoco puede descansar en este significado, sino que hace de esos mismos objetos exponentes de su nuevo pensamiento. He aquí la diferencia entre el poeta y el místico: que este último clava un símbolo a un solo sentido, el cual fue un sentido verdadero por un momento, pero pronto envejece y se vuelve falso. Pues todos los símbolos son fluxionales; todo lenguaje es vehicular y transitivo, y es bueno, como los ferris y los caballos, para el transporte, no como las granjas y las casas, para el hogar. El místico consiste en el error de tomar un símbolo accidental e individual por uno universal. El rojo matutino resulta ser el meteoro favorito a los ojos de Jacobo Böhme, y llega a significar para él la verdad y la fe; y, según cree,