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El poeta

nueva energía (como de un intelecto duplicado sobre sí mismo) mediante el abandono a la naturaleza de las cosas; que, junto a su privacidad de poder como hombre individual, existe un gran poder público del cual puede nutrirse, al abrir, a todo riesgo, sus puertas humanas y permitir que las mareas etéreas fluyan y circulen a través de él; entonces es arrebatado hacia la vida del Universo, su discurso es trueno, su pensamiento es ley, y sus palabras son universalmente inteligibles como las plantas y los animales. El poeta sabe que habla adecuadamente sólo cuando habla de manera un tanto desaforada, o «con la flor de la mente»; no con el intelecto usado como un órgano, sino con el intelecto liberado de todo servicio y al que se le permite tomar su dirección de su vida celestial; o, como los antiguos solían expresarse, no con el intelecto solo, sino con el intelecto embriagado de néctar. Como el viajero que ha perdido el camino suelta las riendas sobre el cuello de su caballo y confía en el instinto del animal para encontrar la ruta, así debemos hacer con el animal divino que nos lleva a través de este mundo. Pues si de alguna manera podemos estimular este instinto, se abren para nosotros nuevos pasajes hacia la naturaleza; la mente fluye hacia y a través de las cosas más duras y elevadas, y la metamorfosis es posible.

Esta es la razón por la que a los bardos les gusta el vino, el hidromiel, los narcóticos, el café, el té, el opio, los vapores de sándalo y tabaco, o cualquier otro procurador de regocijo animal. Todos los hombres se valen de los medios que pueden para añadir este poder extraordinario a sus poderes normales; y con este fin valoran la conversación, la música, los cuadros, la escultura, la danza, los teatros, los viajes, la guerra, las multitudes, los incendios, los juegos de azar, la política, o el amor, o la ciencia, o la intoxicación animal —que son varios

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