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Historia

¿Por qué habríamos de hacer caso del tiempo, de la magnitud o de la figura? El alma no los conoce, y el genio, obedeciendo a su ley, sabe jugar con ellos como un niño pequeño juega con los ancianos y en las iglesias.

El genio estudia el pensamiento causal, y muy lejos, en el vientre de las cosas, ve los rayos que parten de un solo orbe, los cuales divergen, antes de caer, en diámetros infinitos.

El genio observa a la mónada a través de todas sus máscaras mientras realiza la metempsíosis de la naturaleza.

El genio descubre a través de la mosca, a través de la oruga, a través de la larva, a través del huevo, al individuo constante; a través de innumerables individuos la especie fija; a través de muchas especies el género; a través de todos los géneros el tipo inquebrantable; a través de todos los reinos de la vida organizada la unidad eterna.

La naturaleza es una nube mutable que siempre es y nunca es la misma. Proyecta el mismo pensamiento en tropas de formas, como un poeta hace veinte fábulas con una sola moraleja.

A través de la tosquedad y dureza de la materia, un espíritu sutil doblega todas las cosas a su propia voluntad. El diamante fluye en una forma suave pero precisa ante él, y mientras lo miro su contorno y textura vuelven a cambiar.

Nada es tan fugaz como la forma; sin embargo, nunca se niega del todo a sí misma.

En el hombre todavía rastreamos los vestigios o indicios de todo lo que consideramos insignias de servidumbre en las razas inferiores; sin embargo, en él realzan su nobleza y su gracia; como Ío, en Esquilo, convertida en vaca, ofende la imaginación; pero ¡cuán cambiada cuando, convertida en Isis en Egipto, se encuentra con Osiris-Jove, una hermosa

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