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Leyes espirituales

¿menos pertinente que la de Epaminondas o la de Homero allí? ¿y que el alma no conocía sus propias necesidades? Además, sin razonar sobre el asunto, no tengo descontento. La buena alma me alimenta y me abre nuevos depósitos de poder y deleite cada día. No declinaré mezquinamente la inmensidad del bien por haber oído que a otros les ha llegado de otra forma.

Además, ¿por qué habríamos de dejarnos intimidar por el nombre de Acción? Es un truco de los sentidos, nada más. Sabemos que el ancestro de toda acción es un pensamiento. A la mente pobre no le parece ser nada a menos que tenga una insignia exterior —alguna dieta hinduista, o casaca cuáquera, o reunión de oración calvinista, o sociedad filantrópica, o una gran donación, o un alto cargo, o, de cualquier modo, alguna acción extravagante y contrastante para dar testimonio de que es algo—. La mente rica se recuesta al sol y duerme, y es la Naturaleza. Pensar es actuar.

Si hemos de tener grandes acciones, hagámoslas nosotros mismos. Toda acción posee una elasticidad infinita, y la más pequeña admite ser inflada con el aire celestial hasta eclipsar el sol y la luna. Busquemos una sola paz mediante la fidelidad. Que atienda yo a mis deberes. ¿Por qué he de ir a corretear por los escenarios y la filosofía de la historia griega e italiana antes de haberme justificado ante mis bienhechores? ¿Cómo me atrevo a leer las campañas de Washington cuando no he contestado las cartas de mis propios corresponsales? ¿No es ésa una objeción justa a gran parte de nuestra lectura? Es una deserción pusilánime de nuestra labor andar mirando a nuestros vecinos. Es puro espionaje. Byron dice de Jack Bunting⁠—

“No sabía qué decir, y por eso juró.”

Puedo decir esto de nuestro uso absurdo de los libros⁠—No sabía qué hacer, y así se puso a leer. No se me ocurre con qué llenar mi tiempo, y doy con

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