Di entonces, en lugar de examinar con demasiada timidez su sentido oscuro, que no ha logrado devolverte tu conciencia. No lo ha logrado; que lo intente otro ahora. Si Platón no puede, tal vez Spinoza pueda. Si Spinoza no puede, entonces tal vez Kant. De cualquier modo, cuando por fin se logre, descubrirás que no es un estado recóndito, sino simple, natural y común el que el escritor te devuelve.
Pero acabemos con estas didácticas. No hablaré, aunque el tema pudiera propiciarlo, sobre la cuestión abierta entre la Verdad y el Amor. No me arrogaré interferir en la vieja política de los cielos;—"Los querubines saben más; los serafines aman más". Los dioses zanjarán sus propias cuitas. Pero no puedo enumerar, ni siquiera de manera tan burda, las leyes del intelecto sin recordar a esa clase noble y retirada de hombres que han sido sus profetas y oráculos, el alto sacerdocio de la razón pura, los Trismegistos, los expositores de los principios del pensamiento de era en era. Cuando a largos intervalos hojeamos sus páginas abstrusas, se nos antoja maravilloso el aire calmo y grandioso de estos pocos, de estos grandes señores espirituales que han caminado por el mundo —estos de la vieja religión—, habitando en un culto que hace que las santidades del cristianismo parezcan venidas a más y populares; pues "la persuasión está en el alma, pero la necesidad está en el intelecto". Esta banda de magnates, Hermes, Heráclito, Empédocles, Platón, Plotino, Olimpiodoro, Proclo, Sinesio y los demás, posee algo tan vasto en su lógica, tan primordial en su pensamiento, que parece anterior a todas las distinciones ordinarias de la retórica y la literatura, y ser al mismo tiempo poesía y música y danza y astronomía y matemáticas. Asisto a la siembra de la semilla del mundo. Con una geometría de rayos de sol el alma echa los cimientos de la naturaleza. La verdad y grandeza de su pensamiento se prueba por su alcance y aplicabilidad, pues domina el programa y el inventario entero de las cosas para su ilustración. Pero lo que denota su elevación y tiene incluso un aspecto cómico para nosotros es la inocente serenidad con la que estos Júpiter con rostro de bebé se sientan en sus nubes, y de era en era parlotean entre sí y con ningún contemporáneo.