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Arte

cabaña de troncos de los bosques vírgenes, o en el modesto hospedaje donde ha soportado las restricciones y la apariencia de una pobreza urbana, servirán tan bien como cualquier otra condición de símbolo de un pensamiento que se derrama indiferentemente a través de todo.

Recuerdo que cuando en mis años mozos había oído hablar de las maravillas de la pintura italiana, me imaginaba que los grandes cuadros serían grandes extraños; alguna sorprendente combinación de color y forma; una maravilla extranjera, perla y oro bárbaros, como los espontones y estandartes de la milicia, que hacen tantas travesuras en los ojos e imaginación de los escolares. Iba a ver y adquirir no sé qué. Cuando al fin llegué a Roma y vi los cuadros con mis propios ojos, descubrí que el genio les deja a los novatos lo alegre, lo fantástico y lo ostentoso, y que él mismo penetra directamente en lo simple y lo verdadero; que era familiar y sincero; que era el viejo y eterno hecho que ya había encontrado en tantas formas⁠—aquel por el que vivía; que era el llano tú y yo que tan bien conocía⁠—que había dejado en casa en tantas conversaciones. Tuve la misma experiencia ya antes en una iglesia de Nápoles. Allí vi que nada había cambiado conmigo salvo el lugar, y me dije:⁠—«Niño tonto, ¿has venido hasta aquí, a través de más de cuatro mil millas de agua salada, para encontrar aquello que te era perfecto allá en casa?». Ese hecho lo vi de nuevo en la Accademia de Nápoles, en las salas de escultura, y una vez más cuando llegué a Roma y a las pinturas de Rafael, Ángel, Sacchi, Tiziano y Leonardo da Vinci. «¡Cómo, viejo topo!, ¿trabajas en la tierra tan rápido?». Había viajado a mi lado; aquello que imaginé haber dejado en Boston estaba aquí en el Vaticano, y de nuevo en Milán y en París, y convertía todo viaje en algo ridículo como una rueda de molino. Ahora le exijo esto a todos los cuadros: que me aclimaten, no que me deslumbruen. Los cuadros no deben ser demasiado pintorescos. Nada

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