espíritu y el órgano, y mucho menos es este último la germinación del primero. Así, con respecto a otras formas, los hombres intelectuales no creen en ninguna dependencia esencial del mundo material respecto al pensamiento y la volición. Los teólogos piensan que es un bonito castillo en el aire hablar del significado espiritual de un barco o una nube, de una ciudad o un contrato, pero prefieren volver a pisar el suelo sólido de la evidencia histórica; e incluso los poetas se conforman con un modo de vida cívico y convencional, y con escribir poemas desde la fantasía, a una distancia prudente de su propia experiencia. Pero las mentes más altas del mundo nunca han dejado de explorar el doble significado, o debo decir el cuádruple o el séxtuple o mucho más múltiple significado, de cada hecho sensorial; Orfeo, Empédocles, Heráclito, Platón, Plutarco, Dante, Swedenborg, y los maestros de la escultura, la pintura y la poesía. Pues no somos sartenes ni carretillas, ni siquiera porteadores del fuego ni portadores de antorchas, sino hijos del fuego, hechos de él, y apenas la misma divinidad transmutada y a dos o tres grados de distancia, cuando menos sabemos de ello. Y esta verdad oculta, de que las fuentes de donde brota todo este río del Tiempo y sus criaturas son intrínsecamente ideales y bellas, nos atrae hacia la consideración de la naturaleza y las funciones del Poeta, o el hombre de la Belleza; hacia los medios y materiales que utiliza, y hacia el aspecto general del arte en el tiempo presente.
La amplitud del problema es grande, pues el poeta es representativo. Él se yergue entre hombres parciales en representación del hombre completo, y nos da noticia no de su riqueza, sino de la riqueza común. El joven venera a los hombres de genio porque, a decir verdad, son más él mismo que él. Reciben del alma como él también recibe, pero en mayor medida.