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El poeta

sustitutos cuasi mecánicos, más burdos o más refinados, del verdadero néctar, que es el éxtasis del intelecto al acercarse más a la realidad—. Estos son auxiliares de la tendencia centrífuga del hombre, de su paso hacia el espacio libre, y le ayudan a escapar de la custodia de ese cuerpo en el que está encerrado, y de ese patio de cárcel de relaciones individuales en el que se halla confinado. De ahí que un gran número de aquellos que eran expresores profesionales de la Belleza, como pintores, poetas, músicos y actores, hayan sido más dados que otros a llevar una vida de placer y complacencia; todos excepto los pocos que recibieron el verdadero néctar; y, como era un modo espurio de alcanzar la libertad, como era una emancipación no hacia los cielos sino hacia la libertad de lugares más bajos, fueron castigados por esa ventaja que obtuvieron, con la disipación y el deterioro. Pero jamás se le puede sacar ventaja a la naturaleza mediante un truco. El espíritu del mundo, la gran presencia serena del Creador, no acude ante los sortilegios del opio o del vino. La sublime visión llega al alma pura y sencilla en un cuerpo limpio y casto. Eso que debemos a los narcóticos no es una inspiración, sino alguna excitación y furor falsificados. Milton dice que el poeta lírico puede beber vino y vivir generosamente, pero el poeta épico, aquel que ha de cantar a los dioses y su descenso hacia los hombres, debe beber agua en un cuenco de madera. Pues la poesía no es «vino del Diablo», sino vino de Dios. Ocurre con esto lo mismo que con los juguetes. Llenamos las manos y las guarderías de nuestros niños con toda clase de muñecas, tambores y caballos; apartando sus ojos del rostro sencillo y los objetos suficientes de la naturaleza, el sol y la luna, los animales, el agua y las piedras, que deberían ser sus juguetes.

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