del tabaco, del opio, del té, de la seda o del oro. Un gran hombre apenas sabe cómo come o cómo viste; mas sin invectivas ni pedantería su vida es natural y poética. John Eliot, el Apóstol de los Indios, bebía agua y decía del vino: «Es un licor noble y generoso por el cual debemos estar humildemente agradecidos, pero, si mal no recuerdo, el agua fue hecha antes que él». Aún mejor es la templanza del rey David, quien derramó en tierra para el Señor el agua que tres de sus guerreros le habían llevado para beber, a riesgo de sus vidas.
Se cuenta de Bruto que, cuando se dejó caer sobre su espada tras la batalla de Filipos, citó un verso de Eurípides: «¡Oh, Virtud! Te he seguido a lo largo de la vida, y al fin no te encuentro sino como una sombra».
No dudo de que este relato calumnia al héroe. El alma heroica no vende su justicia ni su nobleza. No pide cenar exquisitamente ni dormir abrigada.
La esencia de la grandeza es la percepción de que la virtud basta. La pobreza es su adorno. No necesita de la abundancia, y puede soportar muy bien su pérdida.